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Los caminos del siglo XXI conducen a Calvino

Foto del escritor: Héctor Bujanda
Héctor Bujanda
16 nov 2023
9 min de lectura

Actualizado: 14 ene 2024

La obra de Calvino (1923-1985) siempre quiso abrirse al futuro. Solía decir que su fidelidad al límite, a la medida evocada paradójicamente remitían a “la idea de lo que no tiene fin”. En este texto se analizan tres variantes que puso en juego Calvino para que su literatura no tuviese fin: el interés por la cibernética; el deseo de que la escritura fuera un ensamblaje de entidades vitales; y un experimentalismo radical que buscaba matar al autor para que pudiera nacer el lector. Tres ideas que siguen plenamente vigentes en las prácticas artísticas y literarias del siglo XXI


Héctor Bujanda




Calvino sueña con androides novelistas

Novelista, cuentista, creador de libros que parecen enciclopedias cósmicas, agudo ensayista, antólogo de primerísimo orden, traductor y editor fundamental que puso a gravitar la literatura italiana después de la II Guerra Mundial; pareciera que en Italo Calvino no había tema ni género que se le escapara, ni siquiera los temas más especulativos de los años 60, como el de la cibernética y la posibilidad de la escritura maquinal.


Si la ubicamos en los límites de la nueva civilización (la actual, la civilización de la IA), la obra de Italo Calvino representa una especie de bisagra, una cifra que simboliza el pasaje de lo que McLuhan llamaba “la galaxia Gutenberg”, es decir, la civilización que pensaba el libro como el medio de transmisión fundamental de la cultura, al mundo cibernético, donde las máquinas y la inteligencia artificial podrían construir potentes mundos de ficción, que las harían indistinguible de los seres humanos.


En una memorable conferencia que dictó en 1967, titulada Cibernética y fantasmas (Apuntes sobre la narrativa como proceso combinatorio) , Calvino estaba atento al mundo que venía. Puso gran atención a los avances de la ciencia y la tecnología y allí ofrece definiciones del arte de narrar que hoy podrían servir para describir la manera como se entrena una IA generativa. Entendía entonces que el salto cibernético era irreversible y que nos tocaba aprender de la disciplina y su desarrollo: "El hombre está comenzando a entender cómo se desmonta y se vuelve a montar la más complicada e imprevisible de todas sus máquinas: el lenguaje".

Calvino rechazaba la idea de que la inspiración bajara del Cielo y fuera capaz de trocar la palabra cotidiana en arte. Más cerca de la cibernética, Calvino prefería decir que el arte de contar se produce gracias a la interacción o el ejercicio con el lenguaje en términos de circuito, reglas, combinaciones o permutación de términos.


“Los cerebros electrónicos -escribe-, si bien están lejos de producir todas las funciones de un cerebro humano, sí están en condiciones de proporcionarnos un modelo teórico convincente para los procesos más complejos de nuestra memoria, de nuestras asociaciones mentales, de nuestra imaginación, de nuestra conciencia (...) El proceso al que hoy asistimos es el de la revancha de la discontinuidad, la divisibilidad, la combinatoriedad, sobre aquello que es curso continuo, gama de matices que se van destiñendo uno sobre otro”.

La cita anuncia una revolución cultural, el paso más allá de la modernidad, donde lo nuevo ya no es solamente una corrección de lo viejo: la literatura hecha por escritores o por máquinas en el siglo XXI vivirá de saltos discontinuos, de divisiones impensadas, de otros modos de combinar y de forjar su propia autodescripción.


Más que una pintura clara y homogénea de lo que se considera literatura, estas apreciaciones que anunciaba Calvino en aquella conferencia de 1967, convierten a la literatura en un paisaje improbable, donde conviven estilos y géneros que se están reorganizando; juego vertiginoso de combinaciones, rescates y nuevas divisiones del campo literario.


El salto de la linealidad a la simultaneidad es un hecho consumado en la cultura contemporánea, conformada hoy por prácticas diversas de escritura que coexisten, como un gran collage de estilos y tendencias, dentro del algoritmo cultural y sus tantas burbujas. Desde las llamadas literaturas post-autónomas a las prácticas literarias como expansión del campo artístico. Desde la literatura confesional hasta las prácticas mixtas hechas con sustratos y soportes narrativos diversos (docuficción).



Escritura como un ensamblaje de organismos vivos


En varios homenajes que se le han hecho por el mundo, especialmente en Italia, se destaca de Calvino otra anticipación futurista, que se adelanta en décadas a lo que hoy parece de dominio común dentro de las prácticas literarias y artísticas. Esa anticipación tiene relación con su deseo de hacer una escritura que se defienda por su forma, sin la preeminencia del "yo autoral". En su etapa más experimental, cuando se mudó a París en 1967 y entró en contacto con semiólogos, escritores y científicos, Calvino empezó a cuestionar la literatura que nace de un acontecimiento experimentado por un autor e incluso se cuestionaba esa necesidad de anteponer la experiencia de vida y el testimonio a la forma misma de la narración, que responde a lógicas autónomas, probadas una y otra vez por los escritores.


En una entrevista realizada en 1978 y que aparece en su libro póstumo Ermitaño en París, Calvino dice explícitamente que rechaza a los escritores que salen corriendo detrás de los acontecimientos y que piensan que la subjetividad es lo único que importa. Para confrontar esta práctica literaria, Calvino recurre a la herencia dada por sus padres, uno agrónomo y la otra botánica, para defender una literatura que busca no hacerse ilusiones con el aquí y el ahora sino que encuentra en otro plano las posibilidades de armonía y reconciliación: el cosmos. "El cosmos no existe, ni siquiera para la ciencia; es sólo el horizonte de una conciencia extraindividual donde superar todos los chovinismos de una idea particularista del hombre, y tal vez, lograr una óptica no antropomórfica". Hoy una opinión como ésta lo ligaría a la búsqueda más sistemática del pensamiento post-humanista, donde el hombre ni está en lo más arriba de la pirámide de las especies ni es el único ser vivo con inteligencia y lenguaje. Para el post-humanismo crítico el hombre es un ser vivo más en el horizonte del cosmos.


Calvino comparaba este obrar "post-humanista" con el funcionamiento de un organismo vivo, hecho de materias diversas, capaz de dialogar con saberes y culturas hasta volverse, como los cristales, una entidad que pudiera ensamblar un orden en el que coincidiera lo mínimo y lo grande, lo cercano y lo lejano, lo simple y lo complejo, lo visible y lo invisible. En esa misma entrevista de 1978 decía: "Debo construir objetos que existan por sí mismos, cosas como cristales, que respondan a una racionalidad impersonal".


Calvino, sin duda, fue un convencido del valor autónomo de la literatura, donde el peso del self no debía gravitar de ningún modo. Es célebre su reflexión final en las Seis propuestas para el próximo milenio -en la conferencia que preparó sobre el valor de la multiplicidad- cuando escribe al respecto: “ojalá fuese posible una obra concebida fuera del self, una obra que permitiese salir de la perspectiva limitada de un yo individual, no sólo para entrar en otros yoes, semejantes al nuestro, sino para hacer hablar a lo que no tiene palabra, al pájaro que se posa en el canalón, al árbol en primavera y al árbol en otoño, a la piedra, al cemento, al material plástico”.


Una premisa -darle la palabra al pájaro, al árbol de primavera, a la piedra, al plástico o al cemento- que hoy tiene plena vigencia en el mundo de las artes y la literatura, donde se trabaja activamente en la búsqueda de un lenguaje que cristalice la comunicación interespecies.


Pensemos, entre otros ejemplos, en la obra de la escritora belga Vinciane Despret, Autobiografía de un pulpo y otros relatos (2022); en la búsqueda del artista y escritor mexicano Ariel Guzik (2021), que diseña dispositivos que permiten comunicarse con animales que habitan en el fondo del mar; o las cámaras de comunicación interespecies que han concebido artistas como Sara Spacal y Mirjan Svageli, y que motivaron la curiosidad del narrador de Todos los museos son novelas de ciencia ficción (2022), Jorge Carrión, quien además ha desarrollado en los últimos tiempos una serie de ensayos sonoros con ecosondas, con las que ha registrado el lenguaje de otras inteligencias.


En la conferencia que Calvino escribe sobre el valor de la exactitud en sus Seis propuestas para el próximo milenio, da pistas de esa aspiración tan vigente en el siglo XXI. Su idea de una literatura que le da la palabra a lo no vivo, produce resonancias con teorías que revalorizan hoy la idea de la materia como un gran ensamblaje de entidades vivas (piénsese en la obra de Jane Bennett sobre la materia vibrante o de la italiana Laura Tripaldi y sus mentes paralelas).


“El cristal, con su talla exacta y su capacidad de refractar la luz, es el modelo de perfección que siempre ha sido mi emblema, y esta predilección resulta más significativa desde que se sabe que ciertas propiedades del nacimiento y crecimiento de los cristales se asemejan a las de los seres biológicos más elementales, constituyendo así casi un puente entre el mundo mineral y la materia viviente”.


El cristal para Calvino está asociado con el trabajo de estilo, con el artificio literario, con elaborar una forma donde las figuras de la palabra puedan transparentarse, de modo que le permitan al lector la inmersión, la interacción y el intercambio con entidades que parecen mudas o invisibles, más allá de lo escrito.


La cualidad de una escritura que imita al cristal es lo que más le asombraba a Carlos Fuentes de la obra de Calvino. Le dedicó un ensayo en Geografía de la novela (2006) en el que identificaba ese valor de la escritura calviniana: “quería capturar en un libro la parte ilegible del mundo, el mundo sin centro y sin yo, pero sabía que todo lo que no está escrito siempre será más de lo que ya está escrito y es por ello que la página escrita debe reverberar y crear la ilusión de que el lector también lee lo no escrito: el Lector conoce el Futuro”. Así tituló Fuentes el ensayo, que tiene el mérito de sintetizar la idea de que una obra debe ubicarse más allá de su aspecto visible, de su estructura y su palabra.



La experimentación como centro


Calvino fue editor del grupo editorial Einaudi (1947-1961), el más importante sello editorial italiano. Compartió mesa de trabajo con otros grandes escritores como Cesare Pavese y Natalia Ginzburg, con quien hizo un tándem editorial de gran prestigio internacional (se les llamaba la Tribu de Einaudi). El desarrollo de colecciones, la redacción de prólogos y contraportadas, las primeras traducciones de obras asociadas con las vanguardias, lo convirtieron en una auténtica figura por donde entraba y salía la cultura de la Italia de la posguerra. Se radicó en la ciudad de Turín durante sus años de editor, aunque había nacido en un pueblo cercano a La Habana, en Cuba, y se había criado en Siena, al sur de la Toscana.


Siempre se sintió “forastero” en Turín, donde llevaba una especie de doble vida, como editor y escritor. En 1967 se trasladó a París al cobijo de los movimientos culturales previos al Mayo Francés, asociados con el estructuralismo, la semiótica y los nuevos rumbos que tomaban las ciencias sociales y naturales. Entra en contacto con Roland Barthes, con Raymond Queneau y el movimiento Oulipo (Ouvroir de Littérature Potencialle), movimiento de experimentación literaria que toma el relevo del surrealismo y que ensaya una escritura radical a partir de combinatorias y reglas de restricción.


En ese período, abocado a la experimentación, Calvino haría obras literarias que hoy se siguen leyendo con asombro: La ciudades invisibles (1972), El castillo de los destinos cruzados (1969), Tiempo cero (1967), Sin una noche de invierno un viajero (1979), Palomar, (1983). También hay que decir que su obra previa ya porta el embrión de esta búsqueda, en especial los cuentos de Las cosmicómicas (1965), poderosas fabulaciones de conceptos científicos como el Big Bang, por ejemplo, al que le dio un hilarante color local con sabor a tallarines.


En su conferencia sobre la levedad, Calvino da muestras de que la literatura es el arte de poder dominar, ante todo, el código secreto o entidad mínima que permite constituir el mundo y hacerlo visible. Para ello, se apoya en el saber científico: “Hoy todas las ramas de la ciencia parecen querer demostrar que el mundo se apoya en entidades sutilísimas, como mensajes de ADN, los impulsos de las neuronas, quarks, neutrinos errantes en el espacio”.


De allí que la reducción del mundo contingente a un concepto o abstracción esté tan presente en la búsqueda de Calvino como narrador en esos años de experimentación. Basta leer Las cosmicómicas, Las ciudades invisibles o Palomar para corroborarlo.


El escritor argentino Patricipio Pron dedica un capítulo de El libro tachado (2012) a reconstruir la evolución de la literatura en el siglo XX, a partir de varios conceptos que ya están presentes en la conferencia de Italo Calvino sobre Cibernética y fantasmas. En el capítulo se analiza la creación como una actividad en la que se puede prescindir de la figura del autor -tema que obsesionaba a Barthes, a Calvino y al Grupo Oulipo- a partir de azares, automatismos, juegos de combinación semántica, la aplicación de una restricción, entre otros artificios.


Matar al autor no sólo fue una aspiración de Barthes o Foucault en aquellos años post-Mayo del 68, sino que estuvo presente como búsqueda en varios movimientos literarios del siglo XX, con un marcado acento vanguardista. Para Calvino, matar al autor significaba crear al lector como nueva instancia creadora, de allí que su literatura conecte tan bien con las prácticas literarias del siglo XXI que han dejado de darle énfasis al autor para subrayar la tarea activa del lector y su deseo.


Referencias:


Calvino, I. (1980). Punto y aparte. Ensayos sobre literatura y sociedad. Ed. Siruela/Bolsillo. Madrid, España.

Calvino, I. (1990). Seis propuestas para el próximo milenio. Ed. Siruela/Bolsillo. Madrid, España.

Calvino, I. (2003). Ermitaño en París. Páginas autobiográficas. Ed. Siruela/Bolsillo. Madrid, España.

Carrión, J. (2022). Todos los museos son novelas de ciencia ficción. Galaxia Gutenberg, Madrid.

Despret, V. (2002). Autobiografía de un pulpo y otros relatos de anticipación. Consonni, Bilbao.

Fuentes, C. (2006). Geografía de la novela. Palabras mayores, Pamplona.

Guzik, A. (2021). "Caligrafía cetácea" en En una orilla brumosa. Cinco rutas para repensar los futuros de las artes visuales y la literatura. Gris tormenta, Ciudad de México.

Pron, P. (2012). El libro tachado. Turner publicaciones, Madrid.




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