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La niña, el lector y el caimán (o un vientre que late)

Mariella Manrique
9 ene 2024
7 min de lectura

Actualizado: 14 ene 2024

La escritora Mariella Manrique reconstruye la relación entre su primera lectura de la novela de Italo Calvino, Si una noche de invierno un viajero (1979), y el concepto de levedad que el autor italiano postuló como uno de los valores fundamentales que tendría la literatura hecha en este milenio.  El ejercicio escudriña en el recuerdo y en la resonancia de sus experiencias iniciales como lectora, lo que le permite vincular su primera relación con los libros y la curiosidad de encontrarle sentido a lo que leemos, de encontrarse de pronto leída en una historia. Ese momento único, confiesa, se lo debe a la lectura de Calvino y al anuncio de un nuevo modo -la levedad- de encarar el hecho escritural.


Mariella Manrique




Regresar a la lectura de Si una noche de invierno un viajero es volver al inicio de mi propia historia como lectora, a la levedad de todos los comienzos. Te lo voy a contar, aunque no sé si es esto lo que esperas de un artículo en Caimán de anteojos, revista universitaria que transita también por la promesa de su primer número.


Por supuesto, mi primera experiencia de lectura no comenzó con esta novela de Calvino, sino que es anterior a que yo supiera leer. Hojeando el álbum familiar encontré una foto en donde aparecía yo con no más de 4 años de edad. Estaba entre cojines, llevaba un vestidito de arandelas, y entre mis manos se abría, sonriente y sigiloso, un libro grande, gruesísimo. Se trataba de El libro gordo de Petete. Me llamó la atención la postura que había asumido para inspeccionarlo. Inclinada hacia un costado, apoyada sobre una de mis rodillas, se me veía muy seria, inmersa en el deleite de la invitación a una historia que yo todavía no podía interpretar desde las palabras, pero que, de alguna manera, ya vislumbraba. No sé si tú tengas una foto leyendo. ¿Qué llevaría a que tu madre, tu padre, o cualquier adulto, quiera captar ese preciso instante en que estás iniciando algo tan privado, y dada la edad, incomprensible?


Veinticuatro años después, sobre un sofá, inicié la lectura de la novela Si una noche de invierno un viajero, de Calvino. No lograba acomodarme porque estaba en mi octavo mes de embarazo y mi cuerpo había cobrado proporciones gigantes. La obra se abrió con la voz de un narrador que empezaba a describir mi situación y a guiarme para entrar en el estado ideal de lectura: “Estás a punto de empezar a leer la nueva novela de Ítalo Calvino. Relájate. Recógete. Aleja de ti cualquier otra idea”. Al tercer párrafo ese narrador estaba sumergido en mi conciencia y ya no era solamente una voz en una página que yo podía decidir cerrar o no, sino que relataba todas las posturas en las que leo, dictaba las formas idóneas o incómodas en que prefiero o no coger un libro.


Tuve entonces la misma sensación de esa niña de cuatro años que era yo mientras observaba las letras infinitas de El libro gordo de Petete: yo era la voz pasiva de un relato imaginario, era el libro quien me leía a mí. Me ocurrió lo mismo que sentiste cuando te pregunté si tenías una foto tuya leyendo: vi mi propia imagen, y ese recuerdo se volvió real y permanente.


Desde el primer capítulo queda claro ya que Si una noche de invierno un viajero es una novela que lee al lector. Tiene el efecto de devolver la mirada y observar el acto de leer. Cuenta su travesía, aventuras y desasosiegos. Es su historia de amor: su desencuentro con los relatos prometidos, su sorpresa al encontrar otras historias en el libro que ha escogido, su enamoramiento, curiosidad y búsqueda de autores, lenguas y mundos que se han cruzado fortuitamente debajo de la portada del primer texto que fue a comprar una tarde en una librería local (adivinas bien, la novela que el lector protagonista fue a comprar es la última novedad de Ítalo Calvino, Si una noche de invierno un viajero). Solo al final del libro ocurrirá que el lector ha empezado a leer, al fin, esta novela. Se lo dice a Ludmila, la lectora de quien se enamora al inicio de todo este enredo de historias, y con quien… (esto lo voy a dejar aquí porque aún no sé si ya te la has leído y no quiero hacerte spoiler). 


Entrada la lectura comprendí que estaba en el juego de los principios, en el silencioso deslizarse del caimán en el instante previo a cazar su presa. Desde el índice se puede observar que el inicio de cada uno de los 10 capítulos /relatos se abre hacia una aventura, y que éstos se entrelazan por hilos invisibles. Se cristaliza de esta forma el principio de la levedad, explicado por Calvino en Seis propuestas para el próximo milenio (1985): la ficción se eleva por sobre el peso de la realidad y se distingue de ésta con todo su artificio. Para este autor de origen italiano, pero que responde ya a la categoría de “universal” (¿debería colocar esta categoría con mayúscula?), la literatura cumple una función existencial, permite la experiencia de la levedad en contraposición al peso del existir. Y es en esta levedad donde habitan los comienzos, representados en el salto de Cavalcanti:

“(…) existe una levedad del pensar, así como todos sabemos que existe una levedad de lo frívolo; más aún, la levedad del pensar puede hacernos parecer pesada y opaca la frivolidad. Nada ilustra mejor esta idea que un cuento del Decamerón (VI, 9) donde aparece el poeta florentino Guido Cavalcanti” (Calvino, p.22).


Calvino narra esta historia donde Bocaccio da final a la persecución de un grupo de jóvenes que, a caballo, querían azuzar y gastarle una broma a Cavalcanti, pero éste se les escapa poniendo la mano en una de las tumbas y pegando un salto que lo lleva hacia el otro lado de ese pequeño cementerio por el que siempre paseaba, situado frente a una iglesia, y se libera. La considera como una imagen que tiene la fuerza de vislumbrar lo que es saltar de la existencia mediante un libro, de interpretar la atmósfera de cuestionamiento que se vive 15 años antes del nuevo milenio, de comprender la promesa y liberación que trae el franquear un límite, escapar de una frontera para encontrarse en la nueva página, ante el conocimiento puro. Ahora entiendo ese salto también como la única forma de huir del reptil, del peligro inminente y callado que se desliza, sin que lo notemos (aunque lo intuyamos) bajo el agua. 


La levedad del pensamiento en contraposición con la pesadez de existir está representada por el poeta Calvacanti, y recoge uno de esos principios de la Literatura que se adecuan a la perspectiva del nuevo milenio, pero Calvino también recoge figuras de la mitología griega para explicar la relación de la levedad con el conocimiento y la lectura:


“En los momentos en que el reino de lo humano me parece condenado a la pesadez, pienso que debería volar como Perseo a otro espacio. No hablo de fugas al sueño o a lo irracional. Quiero decir que he de cambiar mi enfoque, he de mirar el mundo con otra óptica, otra lógica, otros métodos de conocimiento y de verificación. Las imágenes de la levedad que busco no deben dejarse disolver como sueños por la realidad del presente y del futuro…” (p. 17). 


En ese sofá, entre cojines que no alcanzaban a sostener mi peso, alcanzaba la levedad mediante la lectura. No sé qué peso habré tenido a los cuatro años, pero seguramente el vestido de arandelas, la esperada sonrisa o la vida rodeada de imperativos necesarios podría haber tenido que ver con ello. Calvino sugiere que estamos expuestos a una condena, que es la pesadez de vivir, y que consiste en que todo aquello que inicialmente apreciamos porque nos parece leve (como la infancia o la gestación), llega a revelar, en algún momento, su peso insostenible. Por eso, hago mías las palabras de Calvino: 

“Quizá sólo la vivacidad y la movilidad de la inteligencia escapan a esta condena: tales son las virtudes de escritura de esa novela, que pertenecen a un universo distinto del universo del vivir.


No es casualidad, por tanto, que los personajes de Si una noche de invierno un viajero se eleven de la cotidianeidad mediante tareas relacionadas al conocimiento (fundamentalmente, la Literatura y la Ciencia) y sean definidos, ante todo, por sus oficios. Algunos de los más entrañables para mí son el lector, quien asiste invariablemente a la librería para procurar rectificar el perjuicio que le ha ocasionado recibir un ejemplar defectuoso de la novela de Calvino; la lectora, quien sospechosamente sufre de un vértigo que no lo produce la altura, sino la distancia entre las cosas, y que puede hacer que ella pierda el equilibrio en cualquier momento; el observatorio, desde donde se sentirá por primera vez el propósito de una rutina que organiza el cosmos; el bibliotecario o especialista cimmerio, que habita en el umbral que conduce al territorio de las lenguas muertas, de las historias enterradas en palabras que nadie entiende, y que absolutamente ninguna persona está interesada en descifrar… hasta el gran conflicto de esta aventura, claro. 


Concluyo con una de las frases iniciales de la novela: “No es que esperes nada particular de este libro en particular. Eres alguien que por principio no espera ya nada de nada”.  Para Calvino, la levedad está íntimamente ligada a la precisión y la determinación; pero a la vez, con la vaguedad y el abandonarse al azar. Solo en esta oposición entre pesadez y ligereza es que puede darse el salto, puede contemplarse un libro sin saber leer (y aun así, perderse en una historia), puede deslizarse un caimán entre páginas digitales y pretender cazar a un lector que todavía no nace. Suspiro, paso la página. Este cuerpo enorme tiene un vientre que late y que busca encontrar un espacio entre los cojines, en la historia que viene, en el sentido que estás encontrando ahora mismo a la lectura de este texto.

 

Referencias:


Calvino, I. (1990). Seis propuestas para el próximo milenio. Ed. Siruela/Bolsillo. Madrid, España.

Calvino, I. (2023). Si una noche de invierno un viajero. Siruela.









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