Los 40 años de Matavilela van por una nueva frontera
Actualizado: 10 ene 2024
Presentamos la ponencia que dictó Jessica Zambrano en el pasado Encuentro de Literatura Independiente, celebrado en la Universidad Casa Grande durante el mes de noviembre. En este texto se identifica el valor único del escritor guayaquileño Jorge Velasco Mackenzie, a propósito de la edición conmemorativa de El Rincón de los Justos, hecha por la editorial Planeta: “Hace 40 años Jorge Velasco Mackenzie convirtió en literatura el habla popular de una ciudad, la forma en la que se mira a sí misma y aunque la ciudad es Guayaquil, hoy, quienes habitamos América Latina, sabemos que puede ser cualquiera”. El texto no sólo pone en perspectiva las cualidades de la obra del gran autor ecuatoriano, también anuncia que hay varios textos inéditos que dejó el autor, a la espera de su publicación.
Jessica Zambrano

Foto Amaury Martínez
Imagine una ciudad en la que todos sus habitantes se encuentran en el Patio de las Carretas y en la Esquina del Ojo, el único rincón donde se puede leer en silencio las revistas del Enmascarado de Plata. Piense en unas calles que se cruzan con la cachinería, el cine Lux, la pila de los leones de la plaza Victoria; el parque Centenario, donde monta su espectáculo el Equilibrista, o en la cantina donde muchos prefieren pasar la noche al servicio de la Narcisa. Hace cuarenta años el escritor guayaquileño Jorge Velasco Mackenzie creó estos espacios que confluyen en Matavilela, el escenario principal de la novela El rincón de los justos.
La Martillo, la Leopa, el Fuvio Reyes, el viejo Mañalarga, Cristof, el Sebas, Erasmo. son personajes que viven de la informalidad, la nostalgia de días mejores y la espera de ser expulsados como lo son, cada día, los cuerpos de una ciudad que intenta escaparse de sí misma. Cada personaje es una historia distinta que se cruza en la expulsión y en una promesa: llevarse a la gente a invadir el Guasmo, aunque no saben que “allá los chapas tumban las casas, se meten donde la gente duerme y suácate, suácate los tiran apaleados a la calle, que ni hay calle”.
Jorge Velasco Mackenzie le puso una delimitación a su Matavilela: va desde la calle Machala a Quito y de Quito a Pedro Moncayo, siguiendo por Pío Montúfar, Seis de Marzo hasta llegar a Santa Elena. Quienes caminan Guayaquil saben bien que a pesar de la expulsión a la que fueron sometidos los cuerpos que ideó Velasco Mackenzie en la ficción, en la no-ficción es un territorio que está sujeto a su propia informalidad. Aunque el orden de la ciudad haya intentado expulsarlos, los cuerpos que le dan vida no salen de ella.
Hace 40 años Jorge Velasco Mackenzie convirtió en literatura el habla popular de una ciudad, la forma en la que se mira a sí misma y aunque la ciudad es Guayaquil, hoy, quienes habitamos América Latina, sabemos que puede ser cualquiera.
La reescritura de una ciudad que ya no existe
Para conmemorar la labor de Velasco Mackenzie, a través de una gestión de Raúl Vallejo, Planeta ha publicado una edición de esta novela que a pesar de tener una mirada fundamental de Guayaquil, ya no se encontraba en sus bibliotecas. Para lograr su publicación, un año después de la muerte de su autor, Cristina Velasco, hija mayor de Velasco Mackenzie empezó a transcribir El Rincón de los justos. A pesar de haber sido una de las novelas más importantes publicadas en su tiempo, no tenía una versión digital.
Durante dos meses se dedicó a transcribir palabra por palabra un libro en el que su padre intentó dibujar Guayaquil en los años 70, sus calles, sus personajes, un ambiente de violencia y miseria en los que siempre ronda la suerte.
Mientras escribía pensaba en qué parte de la ciudad se encontraría su padre para crear cada una de las historias que se cruzan en El Rincón de los Justos. Se preguntaba cómo se le había ocurrido aquel recorrido paralelo al velorio de Julio Jaramillo, jota jota, el día en el que Carlos Thomas, el Rulo y el Chafo Rodríguez, aceleran en el auto mientras la ciudad cantaba pasillos en el velorio de su ídolo ruiseñor. Cuatro espíritus deambulan por una ciudad que por primera vez está vacía, en la que se alcanza a divisar al río y hasta es posible lavarse los pies en él. Aquel silencio suscitado por un espíritu cantor les da el poder de pensar que la ciudad les pertenece.
Cristina encuentra las respuestas a sus preguntas en su infancia, cuando acompañaba a su padre al mercado y sentía que el mundo le pertenecía. Cada vez que caminaban hacia un lugar a comprar cualquier cosa, a Velasco Mackenzie le gritaban “Maestro, maestro aquí le tengo lo suyo”: el periódico, un buen pescado, las compras de la semana.
De pequeño Velasco Mackenzie habitó ese centro que trascendió en su escritura. Vivía en la calle Los Ríos y Zavala Gangotena. Como todos, los que vivieron en los sesenta, caminaba como rutina. Caminaba hacia el Colegio Mercantil, caminaba hacia la Casa de la Cultura, caminaba hacia el Montreal, el bar que miraba al Parque de la Independencia sin rejas, caminaba en una ciudad en la que resistió al olvido y que dejó de existir mientras la miraba y la escribía.
A Velasco Mackenzie más que Guayaquil, le interesaba su gente, esa convergencia de cuerpos bañados de sol y sudor, en el que “la luz de la ciudad aproximaba las lejanías”. Decía que siempre le llamó la atención la gente. “La ciudad está en los ojos de los habitantes”, repite Cristina como una herencia.
En el Matavilela de Velasco Mackenzie “cuando quieren decir calle, dicen lleca, ronda, patín, Matavilela, y peor no se entiende cuando hablan de robos, y dicen choreos, levantes, pungües, hurtos que es palabra buena, pero todo rápido, como al dirigirse a una mujer para decirle pinta, carne, hembra, colectivo si es de las que rinden, o sea guisa, zorra, meca, chuchumeca. Y uno se queda mudo, sin entenderlos cuando vienen a pedir trabajo en el charolado y dicen don Era, queremos un chambita, un camello, una cantera, un carajito y cuentan que recién han salido de la grande, de la sombra, de cana o de canasta, para decir la cárcel. Es otra lengua (...)”.
En Matavilela los habitantes del centro fueron desplazados hacia el sur, pero Velasco Mackenzie sabía que “las ciudades no están en las calles ni en los monumentos, la ciudad es el tiempo que tardamos en vivirla, el tiempo de las palabras con que podemos inventarlas. La ciudad está en la gente que la habita, en la gente que hace lo que es”, dice Cristina, citando a su padre.
Por una nueva frontera
En septiembre de 2021 Jorge Velasco Mackenzie murió en el hospital Teodoro Maldonado Carbo. Casi un mes antes había llegado con su familia por un infarto cerebrovascular. No había nada. Les pidieron comprarle todo: jeringas, gasas, pastillas, sueros. Aunque según Cristina Velasco no le hicieron exámenes suficientes, le dieron el alta. Pero después de unos pocos días en casa comenzó a desmejorar enseguida. Volvieron al hospital y le pidieron firmar una autorización para hacerle una diálisis, a pesar de que a su edad, 73 años, sería un riesgo, a pesar de que pudieron hacerla antes.
Velasco Mackenzie dejó tres libros terminados, dos novelas y un libro de cuentos, además de 110 páginas escritas en una computadora de la que se quejaba bastante cuando se dañaba, de la novela El Búho en el espejo. A pesar de que había escrito toda su vida más de 26 libros en los que se dibuja un Guayaquil, en unos más que en otros, encontró poco respaldo en sus últimos días para publicar su obra como lo merecía.
Cuando Velasco Mackenzie falleció ya no vivía en Guayaquil, miraba la ciudad desde la otra orilla, desde Durán. Hoy quiero decir que Durán es una de las ciudades más peligrosas del Ecuador y hay personas que, como salieron del centro de Guayaquil hacia el sur, se están desplazando hacia otros lados, como si la respuesta que tenemos como sociedad fuera siempre mirar hacia otro lado.
A Durán, como a Guayaquil, le han quitado sus espacios fundacionales, la calma, y muchos han dejado de mirar hacia allá. Si se trata de sobrevivir a Velasco Mackenzie y encarnar la forma de vida que llevaba, lo último que haremos será mirar con indiferencia hacia ese lado de la orilla, como si no fuera nuestra competencia.
De Guayaquil, aunque ya no sea posible reconocerlo de manera tangible, aquello que le interesaba a Velasco en su literatura seguirá allí: la gente que fabula nuevas formas de Matavilela, para matar o sobrevivir la vida, como en Guayaquil, como en Duran, como en cualquier ciudad de América Latina.




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