¿Cuántas ciudades invisibles hay en Guayaquil?

Italo Calvino sostiene que el libro donde pudo decir más cosas fue Las ciudades invisibles (1972), porque le permitió trabajar las tensiones entre la racionalidad geométrica y la maraña de experiencias humanas. Hay detrás de ese libro un descomunal trabajo de reducción de los acontecimientos contingentes de una ciudad a una abstracción conceptual, de modo que cada ciudad escrita tiene vocación de arquetipo. La profesora, investigadora y poeta, María Mercedes Zerega Garaycoa, hace un ejercicio intertextual con el gran libro de Calvino para intentar dar cuenta de las tantas ciudades invisibles que habitan Guayaquil. Este texto es parte del homenaje que Caimán de anteojos hace a Italo Calvino en el centenario de su nacimiento (1923-2023)
MARÍA MERCEDES ZEREGA GARAYCOA

Guadalupe/Guacimara/Guayre/Guanhui/Guaditoca/Guayarmina
La ciudad y las mujeres

Guadalupe tenía la particularidad de ser una ciudad sin mujeres. De las casas para adentro, las mujeres existen, cuidan, aman, trabajan, muerden manzanas, buscan nuevas arrugas o milímetros caídos de su párpado en el espejo, frente al que también ensayan cómo le van a decir a ese hombre que lo dejan. De las casas para adentro, los senos cuelgan libres bajo las camisetas. De las casas para afuera, sus cuerpos se encorvan y sus senos se meten. Los cabellos se recogen en cebollas deshilachadas. Los ojos se multiplican en la espalda, en la nuca, otros miran fijamente sobre la cebolla. Las uñas pintadas de colores se estiran y afilan, los pies se transforman en tractores que a veces rompen las baldosas del piso, que el pobre Municipio de Guadalupe reemplaza con unas de otro modelo y por eso la ciudad es una especie de colchas de retazos. Los hombres se abren cuando pasan al lado de ellas y esconden la mirada o miran hacia un zaguán iluminado al que puedan huir en caso de perturbarlas. Los hombres de Guadalupe saben que tiene que ver con ellos y con la ciudad, que se puso de su parte, y les concedió el milagro de transformarlas en monstruos cada vez que ponen un pie en la calle.
Las ciudades y los muertos

En Guacimara hay dos ciudades superpuestas. Una es aquella que se encuentra en los pisos, puertas, paredes y ventanas. En esa ciudad todavía hay una pandemia. Y las distancias sociales se miden, se demandan mascarillas y hay un gel pastoso que aún se encuentra a la entrada de edificios, pero que ha perdido el olor. Si se mira dos veces, aún pueden encontrarse ciertos muertos envueltos como niños en sábanas de flores, de rayas, de lunares pequeños de color blanco sobre fondos azules, cobijados a veces por parasoles como una distopía de temporada de playa; y otros, solo envueltos en una funda de basura. Si se mira tres veces, hay pedazos tímidos de cabeza que asoman por ventanas y balcones, pensando que ahora sí ya viene la peste, por ellos o por alguien que quieren. Pero nadie mira tres veces. Pero esa Guacimara existe bajo la nueva Guacimara, una en la que los caminantes se tropiezan contra otros porque su mirada no guarda distancia de las pantallas, y los muertos se entierran en un solo día y uno no alcanza a despedirlos, y los chamberos escarban como perros en fundas donde se desparrama la basura de la comida que continuamente empezamos a pedir por plataformas en la anterior Guacimara, y que nos la entrega el nuevo ejército de motos que se formó en ella. Pero en esta Guacimara también hay pedazos tímidos de cabezas que asoman por ventanas y balcones, pensando que ahora sí ya viene una bala dirigida o perdida, por ellos o por alguien que quieren. En ambas, los habitantes temen algo que no ven. Pero nadie mira tres veces.
La ciudad y las ventanas de tiempo

En Guayre hay un fenómeno extraño, en el que los habitantes se guían en los lugares por postales de los tiempos de regeneración, en los que los adoquines eran nuevos, y los espacios estaban enrejados, y las palmeras eran signos de progreso. Así caminan los habitantes de Guayre, con las postales por delante y las montan sobre la Guayre actual, la de los adoquines rotos, y las palmeras secas y las bandas de crimen organizado con nombres de animales que escriben mensajes de amenaza con emojis. Los habitantes de Guayre no lo hacen con nostalgia, sino más bien con sorpresa, porque saben que las dos Guayres se estaban regenerando-degenerando al mismo tiempo. A veces los habitantes de Guayre las usan para escribirse a sí mismos en el pasado, para advertirse a sí mismos de la Guayre que viene, que se va desencajando junto a los adoquines, que se va sembrando junto a las palmeras. Lo que no saben es que en la actual Guayre, ya no existe el servicio de correos, y sus postales están atrapadas en la Guayre degenerada del presente.
La ciudad y los tejidos
Es difícil siempre para los viajeros entender la ciudad de Guanhui. Las vidas de los habitantes están tejidas por cables que se cruzan de una casa a otra, que reflejan los intercambios de la gente. Los cables son signos de los estados emocionales de los habitantes de ese barrio. Te advierten que en esa calle hay alguien roto, hay una persona que cuelga de un hilo, hay un enredo, o una vida que sigue un camino recto y tenso, mientras otra aparece colgándose por el peso de la vida. Los habitantes de Guanhui entienden los códigos y saben con qué emoción entrar y cuál encontrarán detrás de una puerta. El Ministerio de Bienestar hace su parte tratando de desenredar aquellos que parecen una telaraña. Los viajeros, desconocedores de los códigos, no son queridos, porque entran a las casas con torpeza, con la emoción que no corresponde, o peor, quedan atrapados en la telaraña y las autoridades deben retirar sus cuerpos inmóviles después.
Las ciudades y la memoria

Inútilmente intentaré describir la ciudad de Guaditoca. Tenía que ver algo con esta puerta, antes del banco que daba mayores intereses en la ciudad, cuando el dinero estaba hecho de billetes de colores, con nombres de próceres hombres, como se debe; antes de que todos los billetes fueran de color verde. ¿Tenía mi familia dinero tras esa puerta? ¿Tenía mucho, tenía poco? No recuerdo. Pero todo parecía que iba a brillar, a resplandecer, tras esa puerta dorada. Pero no. Muchos creyeron. En los tiempos en que el dinero de colores era cada vez más de juguete. En ese tiempo, como hoy, recuerdo a toda esa gente fuera de la puerta dorada, gritando para ingresar, para que alguien les devuelva su dinero, aunque fuese de juguete. Mi madre empezó a guardar las monedas como recuerdo, dentro un gran garrafón de vino, que tampoco recuerdo haberlo visto lleno. 25000 monedas harían una sola moneda verde. No había vuelto al edificio de la puerta dorada, en el que una burocracia, también dorada, tramita registros, pasaportes, carnés. Allí realizaré un trámite para poder seguir viviendo, trabajando, en la ciudad de juguete, del país de juguete. Para seguir trabajando en Guaditoca. La gente ya no se agolpa, sino que hace una cola resignada, triste. Un letrero recuerda que el turno es gratis. Es irónico, que alguien crea que debe pagar por obtener un papel para seguir viviendo en la actual Guaditoca. Un cartel nos advierte, seguramente del tramitador, del guardia, del que vende afuera comidas en fundas de dudosa bioseguridad. En la ciudad de la ética de juguete, del país de la ética de juguete. O quizás yo soy otra, y ya no creo en las puertas doradas, en algo dorado, en ningún pasaje que destelle.
Las ciudades y el deseo

De la ciudad de Guayarmina se pude hablar de tres maneras. Una cuando se circula por ella en 4 ruedas. Entonces se transita con una fluidez interrumpida por el hueco que no ha arreglado el alcalde o alcaldesa, se duda de los medidores automáticos de velocidad. En esa Guayarmina se puede ir más rápido de lo que parece. Los vigilantes dirán que es producto de una subjetividad del conductor, de un inconsciente maquínico, que se transmite al automóvil como un deseo de huir, de escapar, que no registra el velocímetro del auto, pero el externo sí. Cuando la ciudad se vuelve confusa -porque los mapas hablan de números que no coinciden con los nombres de las calles- se sigue el consejo de una mujer que te guía, aunque tenga el mismo tono de aquellos que se perdieron yendo a las indias y se toparon con nosotros, aunque tenga el mismo tono de quienes nos conquistaron, como una suerte de reina que nos orienta en su reino, a cuántos metros virar, si es a la izquierda o derecha. En esa Guayarmina también se vive con la aprehensión de, sí al regresar, el auto estará completo o estará allí, porque en ella los autos desaparecen, sin saber cómo ni cuándo, como esas historias de padres que uno escuchaba en la niñez que habían salido a comprar el pan y no regresaban nunca más. En esa imagen se mira la ciudad desde todas partes, y el auto te advierte a través del retrovisor que la ciudad está más cerca de lo que parece. La segunda forma en que se circula a Guayarmina es a 2 ruedas. En esa se es una suerte de agrónomo urbano, que recolecta comida en un lado para depositarla en otro, con la angustia de que no llegue caliente. En esa solo se mira hacia adelante, pero se sabe que otro te mira en un pequeño mapa, en el que avanzas como en un videojuego, y de qué tan rápido avances depende de que te den o no propina. La tercera forma de entender a Guayarmina es a pie. En esa se camina con dificultad y atención, esperando no caer en una alcantarilla, no tropezarse con un adoquín salido como los de Guadalupe, con un cable abandonado que cuelga como en Guanhui. En esa se ven todos los brotes de un deseo verde, que ha roto el pavimento, que ha crecido-no-se-sabe-cómo y que, además, florece. En esa se camina con rapidez, porque los transeúntes de Guayamira siempre creen que pueden dejar la ciudad atrás, a sí mismos atrás, y quieren pensar que la ciudad se va recogiendo en una suerte de remolino. En la tercera Guayamira no se puede mirar atrás. En la tercera solo se mira hacia adelante, engañado en que hay otra ciudad por venir, por devenir y que si se mira atrás, te podrías topar con una bala como las disparadas por los animales de Guacimara y transformarte en piedra.
Aproximaciones a las ciudades invisibles

“Mi escritura se ha encontrado siempre frente a dos caminos divergentes que corresponden a dos tipos distintos de conocimientos: uno que avanza por el espacio mental de una racionalidad incorpórea, donde se pueden trazar líneas que unen puntos, proyecciones, formas abstractas, vectores de fuerza; el otro, que avanza por un espacio atestado de objetos y trata de crear un equivalente verbal de ese espacio llenando la página de palabras, es un esfuerzo de adecuación minuciosa de lo escrito a lo no escrito, a la totalidad de lo decible y de lo no decible”. Italo Calvino, Seis propuestas para el próximo milenio
“Al llegar a cada nueva ciudad el viajero encuentra un pasado suyo que ya no sabía que tenía: la extrañeza de lo que no eres o no posees más, te espera al paso en los lugares extraños y no poseídos”. Italo Calvino, Las ciudades invisibles
“El escritor nos habla en su libro de Ersilia, que está habitada por personas que tienden hilos entre los ángulos exteriores de sus casas, para establecer así sus relaciones sociales; y cuando son tantos los hilos que la ciudad ya no puede ser vivida, porque se han convertido en obstáculos, en murallas, sus ciudadanos desmontan sus casas y dejan las marañas y se van a otra parte con sus vidas”. Jorge Carrión, Barcelona, el libro de los pasajes




Comentarios