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El temblor de los huertos: croquis extendido

Foto del escritor: Cecilia Velasco
Cecilia Velasco
15 nov 2023
5 min de lectura

Actualizado: 10 ene 2024

En el último libro de Maritza Cino Alvear (Guayaquil, 1957) la palabra huerto nombra ese territorio poroso donde conviven muchas especies y temperamentos. Autobiografía, álbum de fotos, croquis del hogar, variedad de escenas que pasan por la tensión del poema y sus transformaciones. El temblor de los huertos es una bella edición donde el lector encontrará en cada verso la voz vibrante y especial de la poeta guayaquileña (Argentina, Ediciones del Camino, 2022)


Cecilia Velasco




El temblor de los huertos anuncia el estremecimiento en el espacio natural y doméstico: el huerto, los huertos, pasaje de tránsito entre la flora silvestre y el hogar. No es un jardín, sino un espacio más modesto y en cierto modo una unidad productiva; no es solo sitio de solaz y complacencia, sino de pequeñas tareas. Se cultiva un huerto, y en él suele haber árboles frutales y plantas aromáticas. Con el plural de los huertos, acuden ideas de continuidad y contigüidad: humedecidos, vacíos, nuestro huerto o mi huerto -dice la voz lírica-, y lo asocia tanto con plagas como con semillas.


“Tramas”, “Interiores”, “Exteriores”, “Puentes” y “Umbrales” constituyen las secciones del poemario de Maritza Cino. La primera concluye con una declaración de intenciones: “Estaré atenta a los detalles microscópicos/ aunque puedan ser gigantes/porque me enredan al misterio”. Y así será, armada de binoculares, o con la asistencia lumínica que le proveen lámparas, ventanas y tragaluces, a ratos chocando contra objetos domésticos como sillas, altillos, ropa, la poeta nos conducirá en un viaje espacio-temporal desde la infancia hasta la ausencia, desde la cama y el nido hasta la tierra y sus larvas e insectos voraces. A pesar de que los apartados titulados “Puentes” y “Umbrales” acaso rompan los bordes hortícolas, por expresar motivos literarios otros, se advierte cohesión radical. “Entrelazadas en huertos humedecidos/mi madre y yo”, dicen los primeros segmentos poéticos del libro, y los últimos: “Soy la hija de una madre ausente/ Soy la madre de una hija ausente.”


Los poemas recurren a diversas estructuras métricas y rítmicas y a menudo está presente el encabalgamiento. En ciertos textos como “Movimientos”, “Iluminaciones”, los límites versales casi se ven desbordados. Algunos poemas llevan por título sustantivos como Lapsus, Arribo, Sueño, Fieras, Destino; otros, números romanos en minúsculas.


La dialéctica

Un cierto espíritu dialéctico, que se traduce en quiasmos, como el de la hija y la madre, o en paradojas más o menos sutiles atraviesa el libro. En esta anáfora se expresan paralelismos y oposiciones. “A la casa siempre se vuelve/ A la cama siempre se vuelve/ Allí descansan nuestras ganas de vivir/ Allí descansan nuestras ganas de morir/Allí descansa la inocencia del amor/ Allí descansa el descanso y la inflexión del tiempo.” También, como se ha visto, existen detalles microscópicos gigantes. “Hablo no hablo, digo no digo, cuento no cuento, callo/no callo/ imagino no imagino/ sospecho no sospecho/ juego no juego/ invento no invento, palabreo no palabreo.”


Algún filósofo se refirió alguna vez a un escepticismo optimista, un pesimismo luminoso, esto es, la confianza en que perdura lo que perece. Dice la poeta: “resistir al temporal de cada estación que nos acerca a la fugacidad de lo que somos” Se apropia de certezas que surgen de paradojas: “puertas que se abren con la firmeza de la brisa fugitiva”. “La vida es solo esto” es la reflexión que produce la imagen plácida de las gatas, mas, las noticias horribles de los exteriores hacen constatar que “la vida también es esto”. (Las negrillas son mías).


La empatía

Una capacidad de ver el mundo y los seres desde posturas contrarias podría tener que ver con la empatía: ella soy yo y yo soy ella. Así, junto a la gata cuyas pisadas suspendidas cruzan el espacio, aparecen estos versos: “Migramos por ciudades y océanos, atravesamos fronteras para llegar a un puerto”.


Además de la bondadosa invasión de olores de albahaca, perejil, el galán de la noche, flor de cereza, madreselvas, buganvillas, entre otros, se ve algo más radical; a saber, las fronteras entre lo humano y lo animal se ven fisuradas. El cuerpo entra en contacto con algas luminosas, hormigas, abejas y avispas, él mismo puede ser una medusa y brotarle tentáculos; las antenas de las hormigas “en mi nido”, dice: “apareadas en su hábitat se alimentan de mi huerto/ fecundan con su ácido/ olfatean el residuo de mis alas”. La voz lírica es ya la de alguien en transición a lo animal, en alerta por otros. A un caballo, “le preguntaré cómo transcurren sus días (….) por qué sus pestañas no se llenan de arena/ a qué velocidad corre su corazón”.


El vitalismo

Mientras la primera persona está amistándose con escorpiones y arañas, en la ducha gimen cardos y amapolas. A pesar de estados de padecimiento, se impone el vitalismo expresado en cierta gula cercana a lo animal: “perseguir a las fieras, estrangularlas, remozarse junto a ellas”, es decir, volverse joven de nuevo, de nuevo moza. Una voz profética anuncia también: “Vendrás arrasando el huerto (…) brotarás de la semilla del fuego, vendrás detrás de tus crías/ a satisfacer la gloria de los ignorados.” “Me abrí de brazos al manglar”, declara.


Las hortalizas y frutos nutricios rebasan los que provee el reino vegetal y sus símbolos, y hay más seres fantásticos que los animales.


La literatura, esa espina

En los últimos apartados del poemario, pero no solo allí, abundan las reflexiones sobre la escritura y la lectura. La persona poética abandona libros, como mala madre, mientras escribe cartas a la madre, y poemas, que tal vez constituyen un idioma posible o el dialecto de otras tribus. Se va formulando una especie de ars- poética:


“Evitar el exceso de adjetivos que decoran la imagen de una habitación vacía”.


“El verbo que abandona el inconsciente”.


“El poema inmóvil que se diluye/ como un grano de sal en una playa cansada”.


La poeta que se declara “soy una poeta sin proyectos”, no obstante, juega en una página con los títulos de sus varios libros.


En esta autobiografía, álbum de fotos, croquis del hogar doméstico, genealogía, encantan también el sentido del humor y la ironía: “soy la que se divirtió con personajes supersónicos y novelas de Corín Tellado, soy la madre más deseada que se entregó al advenimiento de sus crías, la que bailó al compás de los sordos y apostó a todas las suertes ansiando ser huésped en un hotel 5 estrellas”, son algunos de sus versos, así como cuando dice: “cuando la abuela me hablaba de la inmortalidad del cangrejo, la eternidad me sabía a crustáceos cuando no era tiempo de veda”, o “deshojando margaritas de mi huerto vacío”. “Me deslizo y escabullo por mis pecados capitales como si rodara sobre una mesa de billar”.


Consciente de su palidez, Maritza Cino, esta que ya conocemos, medusa navegante ansiosa, quiere usar “los últimos tentáculos del Sol para enfrentar la velocidad frenética del viento.”



*Por Cecilia Velasco, escritora y profesora de la Universidad de las Artes

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